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Y ahora, ¿dónde está la oficina?

Lunes, 1 de junio de 2020   El País   LABORALES

En la Torre de Cristal, el edificio más alto de España, que albergaba antes de la pandemia a cerca de 4.000 oficinistas, las voces y los pasos reverberan en el inmenso vestíbulo. No hay nadie, salvo un trabajador de origen latino que limpia los cristales inmensos y la empleada de seguridad que pide el DNI, también de origen extranjero. Ni rastro del aluvión de trajeados, la fuerza laboral de cuello blanco, los habituales moradores de este distrito financiero de las Cuatro Torres, al norte de Madrid. La multinacional de auditoría y consultoría KPMG, que ocupa cerca de la mitad de las 52 plantas del rascacielos, mandó en marzo a sus 2.800 empleados a casa. Dos meses después, están planificando el regreso. “El punto crítico es el ascensor”, dice Montse de Osa, responsable del departamento que se ocupa de la puesta a punto de las oficinas en esta era poscoronavirus. Ya en su momento había atascos. Ahora la capacidad máxima se ha reducido de 21 a 3 personas.


Es jueves 14 de mayo y esta arquitecta de 41 años, curtida en obras de Dragados, ejerce de anfitriona en una visita al edificio. Llevan semanas preparando lo que denomina “plantas limpias”, a las que podrán ir volviendo empleados poco a poco y de forma voluntaria. Han tenido un centenar de solicitudes. Los primeros llegarán el siguiente lunes. Antes recibirán en casa una bolsa con gel hidroalcohólico, una mascarilla FFP2, guantes e instrucciones de seguridad e higiene. Solo podrán acudir al rascacielos en coche privado o taxi. Tendrán que haber completado durante días una encuesta sobre su salud. Se les asignará un puesto en una de las cinco plantas “limpias”. Y se les indicará una hora exacta de llegada. Un “slot”, lo denomina De Osa, como los huecos para el despegue de los aviones. De ese modo creen que podrán salvar el “punto crítico”. Con ayuda de la compañía ThyssenKrupp, se han recalculado capacidades y traslados de los elevadores para evitar tapones y garantizar la separación física. Unas pegatinas en el suelo señalan el punto donde uno ha de esperar al ascensor, con el mensaje: “Mantenga la distancia de seguridad”. En el interior del ascensor, otras pegatinas con forma de huellas indican dónde colocarse. Pero el botón sigue requiriendo la presión del dedo.

Ángel Fernández, un ejecutivo de KPMG experto en desarrollo digital, de 41 años, trabaja en la habitación de su hijo. Dice que echa de menos la oficina, en la planta 28ª de la Torre de Cristal de Madrid. SOFÍA MORO
 
El ascensor sale disparado y sus puertas se abren en el piso 28º, una de las plantas ya acondicionadas, donde unos operarios retocan más pegatinas en el suelo. Llevan días en ello. Han colocado centenares. Les quedan otras tantas. También se han ocupado de la señalética de Renfe. “No nos falta trabajo”, aportan con un toque de humor. A la izquierda, al cruzar las puertas mecánicas, se despliegan las oficinas. Recibe una basura, en la que soltar guantes y mascarillas al final de la jornada, y una gran pantalla que repite en bucle un vídeo con instrucciones para la “nueva normalidad”: “¿Sabes cuándo usar la mascarilla? (…) Lávate las manos con agua y jabón”. También sugiere un cambio en el dress code. Tradicionalmente los auditores venían en traje. Ahora se pide una vestimenta más informal, lavable en casa, que no requiera pasar por la tintorería. Tras la pantalla nacen hileras de puestos de trabajo en un espacio abierto con imponentes vistas de la zona cero de la pandemia en España. Las pertenencias de sus anteriores usuarios se han apilado y recogido. Queda algún pósit solitario. De cada isleta con ocho ordenadores, de momento solo habilitarán un sitio. En el hueco P28S09.1, listo para el regreso, una cartulina da instrucciones al recién llegado: “1. Este puesto te ha sido asignado habiendo sido limpiado y desinfectado. 2. Recuerda utilizar guantes y mascarilla de acuerdo a las instrucciones recibidas. 3. Recuerda dejar el puesto totalmente recogido, tal y como lo has encontrado a tu llegada”.



 
Por los ventanales se ve el aeropuerto de Madrid lánguido y sin vida. También el interior de los rascacielos contiguos: nadie. Montse de Osa taconea entre el mobiliario y prosigue su explicación. Habrá siempre una persona de limpieza en cada planta. Los baños serán de uso individual y se limpiarán cada dos horas. La zona de fotocopiadora solo podrá ser visitada de uno en uno. El uso del gel será obligatorio antes y después del contacto con la máquina de reprografía. Las salas de reuniones han sido clausuradas. Las zonas de charlas informales ahora lucen un cartel: “Espacio fuera de servicio”. Queda prohibido comer en otro lugar que no sea el propio puesto de trabajo, al contrario de lo que se exigía antes por decoro y respeto. No se podrá circular libremente por el edificio o sentarse en un sitio distinto al asignado, de modo que sea posible “mapear” el recorrido y los contactos de un empleado que diera positivo por covid-19. Si existe ese positivo, se podría llegar a cerrar la planta entera, para higienizarla, y se abriría otra de refuerzo.

Cristina Hebrero, directiva de KPMG especializada en gestión del cambio, dice que muchas empresas han descubierto que no ha caído la productividad con el teletrabajo. En la imagen, en su casa a las afueras de Madrid. SOFÍA MORO
 
Uno de los problemas más complejos será subir a los pisos más altos. Como ninguno de los ascensores realiza el trayecto completo de la planta baja a la 50ª, el piso 35º funciona como intercambiador. En él, uno se baja del elevador más rápido del país —8 metros por segundo— y se sube a otro que lo lleva más arriba. “Ahí se arman unos pitotes...”, recuerda un empleado que trabaja en el tercio superior. Ahora se ha marcado un circuito en el suelo, una “yincana”, lo llama De Osa, con flechas y direcciones entre unos ascensores y otros que hace respetar la distancia de dos metros. Imposible no imaginarla llena de personas estresadas y con mascarilla. Por esta planta 35ª pasa Sabina Domínguez, jefa del servicio de limpieza, con un desinfectante en la mano y rocía cada botón que hemos ido tocando. Al final de la jornada, cuenta, repasa todo con una mezcla de lejía y agua al 50%: “Vamos, que aquí el bicho no está”. Antes de concluir la visita, Montse de Osa añade que la idea es volver con un 15% de ocupación e ir aumentando poco a poco. Aunque puede que ya nunca se regrese del todo al modelo previo. En su opinión, “la tendencia es ir hacia espacios más colaborativos”.

“Las formas híbridas temporales”, las llama Jesús Silva, director general de la inmobiliaria Cushman & Wakefield, cuya sede en el barrio de Salamanca ha sido ya remozada para la nueva era. Entre sus novedades se encuentran los baños con semáforo, los mantelitos de papel para colocar bajo el teclado (al finalizar la jornada se tiran), los circuitos de flujos de entrada y salida, y una señalética mareante en el suelo que traza un perímetro de dos metros en torno a cada puesto de trabajo, una especie de burbuja que marca la distancia del trabajador con sus compañeros e invalida automáticamente tres de cada cuatro escritorios. En las oficinas, que visitamos el 8 de mayo, tampoco hay nadie: el 100% ha podido irse a casa a teletrabajar. El resto del edificio acoge bancos de inversión y despachos de abogados, entre otros. Estos días acuden un centenar de trabajadores de los 1.400 que solía haber. Lo único que no ha dejado de funcionar son los servidores. ¿Quizá sea este el futuro de los edificios? ¿Inmensos contenedores de procesamiento de datos? ¿Augura una caída de la demanda de oficinas? ¿Un shock en el mercado? “Los edificios van a tener un uso distinto”, esquiva Silva la respuesta. “Se irán adaptando a las necesidades”, añade María José Cantón, consejera delegada de Vyosa, empresa propietaria del bloque, que ya valora proponer a los inquilinos “espacios pulmón”, que acompañen las necesidades crecientes o menguantes, según posibles rebrotes. “Esto va para largo”, dice.

Pepe García Quintana, director de servicios corporativos de Indra, de 44 años, es responsable de los sistemas de la información de la compañía. Forma parte del equipo que organizó el “big bang”: mandar a casi 30.000 empleados a trabajar a casa de un día para otro. SOFÍA MORO
 
Olga Núñez, secretaria de la financiera Arcano, con sede en el edificio, piensa de forma similar. Se encuentra en los tornos de salida (ahora contactless) con su pantalla de ordenador bajo el brazo. Ha venido a recogerla. En un principio se llevó el portátil a casa. Pero dos meses después la vista comienza a pagarlo y ya nadie sabe cuánto se prolongará esta vida en remoto.


Un detalle de la sede vacía de Indra en Alcobendas (Madrid), tal cual se dejó cuando el 90% de la compañía comenzó a teletrabajar a principios de marzo. SOFÍA MORO
 
Hasta marzo de 2020 España era un país “alérgico al teletrabajo”, afirma Arturo Lahera Sánchez, profesor titular de Ergonomía y Sociología del Trabajo en la Universidad Complutense de Madrid. “En nuestra cultura organizativa no estaba bien visto porque suponía una pérdida de control”. Solo un 4,8% de las personas teletrabajaban en 2019, según el INE; por debajo de la media europea (un 5,3%) y lejos de países como Luxemburgo (11,6%) y Finlandia (14,1%). El confinamiento obligado ha hecho saltar las cifras por los aires: cerca de un 34%, un tercio de la fuerza laboral de España, ha estado teletrabajando de media a lo largo de marzo y abril, según el estudio El impulso del teletrabajo durante el COVID-19, del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas. “Ha sido un experimento”, dice José María Peiró, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Valencia y coautor del informe. “Pero lo hemos hecho de forma improvisada, sobrevenida y poco planificada”. Ha ayudado a mantener el empleo, cierto. Y ha evitado contagios y facilitado el cuidado de los hijos sin colegio en una situación extraordinaria. Pero se ha dado el paso sin las herramientas, ni la formación, ni los espacios adecuados. La situación genera estrés, desestructura el tiempo; quedan poco claras las funciones, las horas, los objetivos, el límite del trabajo y el comienzo de la vida privada; abre brechas entre quienes tienen o no hijos o mayores a cargo, empleados del hogar, una buena silla, mejor conexión a Internet, una pantalla grande o simplemente una habitación con vistas y bien ventilada. “El paso siguiente”, concluye, “será ver qué podemos aprender de esta situación”.

Silviano Andreu, de 58 años, dirige el negocio de consultoría de Minsait, filial de tecnologías de la información de Indra. Solo ha vuelto una vez a la oficina (en la imagen de arriba, la sede de Alcobendas, Madrid) para coger su vieja calculadora Casio. Minsait ha desarrollado una 'app' para rastrear contagios en el regreso a las oficinas, una especie de pasaporte sanitario. SOFÍA MORO
 
Helena Salvadó, una arquitecta de 39 años, socia del estudio Batlle i Roig, dice que estos días de reclusión forzosa le han hecho ver que llevaba una vida “muy a tope”. “Mis hijos nunca habían pasado tanto tiempo con sus dos padres a la vez”, cuenta desde el despacho que ha improvisado en el cuarto de estudio del mayor de ellos. También cree que las oficinas, como los vuelos low cost, se estaban yendo a “densidades” demasiado elevadas en esa búsqueda de rentabilidad. “De una persona por cada 10 metros cuadrados se había pasado a una por cada 6”. Cree que la “nueva normalidad” no será telemática ni presencial, sino una mezcla de ambas. Y que de algún modo el bagaje de estos días brindará sabiduría para paliar la “emergencia climática”. Aunque el contacto, opina, es insustituible: “La gracia de ir a la oficina es hablar con el equipo y compartir cosas”.

Ella regresó a mediados de mayo por primera vez a su lugar de trabajo. Coincidió con un puñado de compañeros a los que llevaba dos meses sin ver en persona. Pero, debido a las videoconferencias, la sensación fue paradójica: “Era como si nos hubiéramos visto ayer”. El estudio Batlle i Roig, en el que trabajan 115 personas, tiene su sede en un elegante edificio de hormigón proyectado por ellos mismos en la falda de la sierra de Collserola (Barcelona). Durante este tiempo solo han estado acudiendo tres personas a la sede, entre ellas Joan Roig, uno de los fundadores, de 65 años, que vive solo, cerca, y ha aliviado así el peso del confinamiento. “Es mejor que estar en casa”, dice. Acostumbrado a pasearse entre el equipo en la era previa, estos días con el estudio en solitario Roig seguía el baile de las pantallas, guiadas por los empleados en remoto: “Es mágico. Un despacho en movimiento pero sin nadie. Me recordaba a las pianolas”.


Helena Salvadó, socia del estudio Batlle i Roig, de 39 años. Estos días de teletrabajo le han hecho darse cuenta de que quizá llevaba una vida “muy a tope”. En la imagen, trabajando en el salón de su casa, junto a sus hijos. CATERINA BARJAU
 
En el estudio, que ha diseñado sedes de compañías como Inditex, ya le están dando vueltas al regreso. Será por turnos, en equipos de unas 30 personas, muy separadas entre sí, y con horarios más apretados, hasta la comida. Ya no almorzarán allí, para evitar un foco de contagio. Tendrán que valorar quién formará los equipos: si uno de ellos enferma, quizá haya que mandar al resto a casa. 

La sede vacía del estudio de arquitectura Batlle i Roig en Esplugues de Llobregat (Barcelona). CATERINA BARJAU
 
Enric Batlle, el otro socio fundador, explica que el regreso será “voluntario” y tendrá en cuenta la situación personal: si uno tiene aprensión o mayores a cargo, pongamos. Batlle, de 63 años, es un superviviente del coronavirus. Pasó por el hospital, UCI incluida, y dice que la enfermedad le ha dado “otra perspectiva”. Cree que iremos hacia un mundo con menos viajes para citas de dos horas en otra ciudad, otro país, otro continente. Pero sí valora que el talento se junte bajo un mismo techo. “Igual somos antiguos, pero creo que el contacto es importante”. La pandemia, añade, acelerará tendencias que ya existían, como el free sitting (asiento libre, en inglés) y los espacios “saludables” con ventilación y mobiliario naturales.

Joan Roig, cofundador del estudio de arquitectura Batlle i Roig, tiene 65 años y ha seguido yendo al despacho de forma habitual durante la pandemia. CATERINA BARJAU
 
Una oficina vacía produce una extraña sensación de tiempo suspendido. En la sede de Indra, en Alcobendas (Madrid), paseando entre modernas mesas blancas, descubrimos un calendario con los días tachados hasta el 8 de marzo, una bolsa de perlitas de chocolate a medias, una anotación en una agenda: “Gastos Map Barna”, un billete de avión a Bilbao para el 10 de marzo que quizá nadie tomó. Pero alguien ha estado girando las hojas de los calendarios de página que hay sobre algunos escritorios. La fecha está actualizada. Un misterio. En el pasillo, recortada al contraluz, pasa la mopa María del Amo, del equipo de limpieza. “Fue cosecha mía”, dice. “Era por actualizarlo, que parece que está esto desolado”.

El 11 de marzo, con el estado de alarma a las puertas, la multinacional española de tecnología y seguridad comenzó a mandar empleados a casa. En 48 horas, el 90% de los 30.000 asalariados en el país estaban teletrabajando. El “big bang”, lo denomina Pepe García Quintana, ingeniero de 44 años, responsable de los sistemas de la información de Indra. “Hubo momentos complicados”, dice en una videoconferencia desde su domicilio, a la que se conecta con los auriculares de la PlayStation. “Pero no hemos tenido ninguna incidencia crítica. Ha sido un éxito”. Repartieron unos 6.000 portátiles a quienes aún no tenían. Y el cambió fue perceptible enseguida. Las llamadas de fijo a fijo cayeron más de un 50% a nivel mundial entre enero y marzo. Las videollamadas crecieron un 100%. Parte del secreto para que el sistema haya aguantado se encuentra en lo que García Quintana denomina el “gran bicho”: un centro de procesamiento de datos que ocupa 1.600 metros cuadrados de suelo técnico, cuenta con una capacidad de almacenamiento de unos 20 petabytes y sostiene hasta 192 millones de sesiones simultáneas.

Enrique Gato, cineasta de 43 años, ha pasado de dirigir la película 'Tadeo Jones 3' desde los estudios de animación a hacerlo desde el sótano de su casa (en la imagen). “Hemos logrado que funcione”, dice, “pero no es lo mismo”. SOFÍA MORO
 
El regreso, dice el ingeniero, “será un desescalado progresivo”. Pondrán en marcha una aplicación propia, una especie de pasaporte sanitario cuyo algoritmo tendrá en cuenta variables de salud y contactos con humanos, espacios y objetos para prevenir contagios. También te dirá dónde sentarte al acudir a la oficina. De momento, en la sede de Alcobendas, la recepcionista recibe a los escasos visitantes tras un bote de gel hidroalcohólico y extiende al recién llegado un cuestionario con preguntas sobre su salud en los últimos 14 días: ¿fiebre?, ¿tos?, ¿dolor muscular?

Marta Segurola, directora de animación de 'Tadeo Jones 3' durante una videollamada con parte del equipo de la película. SOFÍA MORO
 
Nico Matji, productor de cine de 45 años y cofundador del estudio de animación Lightbox, del que han salido las películas de Tadeo Jones, dice que echa “muchísimo de menos la espontaneidad”, cuando de pronto alguien gritaba “¡Qué bueno esto!” y se formaba un corrillo alrededor. “Esa ilusión, esa energía se nota en una película”, añade en la penumbra del estudio, una planta de 800 metros cuadrados llena de ordenadores. Lo primero que ha preguntado al llegar ha sido: “¿Cómo vamos de polvo?”. En la estancia solo se encuentra el informático, que se ha dejado caer para reponer discos duros y mejorar la velocidad de transferencia de datos. En una cinta de animación, que avanza a cinco segundos de metraje por animador a la semana, cada milésima cuenta. Se escucha el sonido acolchado de los ventiladores enfriando la granja de render. El estado de alarma les pilló con la preproducción de Tadeo Jones 3. La maldición de la momia. Son de los pocos supervivientes de la industria cultural. “En el sector de la animación”, dice ­Matji, “lo podemos capear mejor que nadie”.

Marta Segurola es directora de animación de 'Tadeo Jones 3'. Tiene 43 años, trabaja desde el salón y acuesta tarde a los niños para aprovechar las mañanas. SOFÍA MORO
 
Enrique Gato, el creador de Tadeo, madrileño de 43 años, dirige estos días la película desde lo que su mujer llama “el zulo”, un sótano de su chalé en Alcalá de Henares (Madrid), donde entra su mesa y su ordenador con doble monitor, sus instrumentos de música, una pantalla para proyectar películas (y jugar a la videoconsola con su hijo), dos premios Goya, otra buena cantidad de galardones y un sinfín de muñequitos. “Mi vida hoy es hacer reuniones en Hangouts”, dice Gato. Los lunes se reúne con los supervisores de cada departamento. Y casi el resto de la semana lo pasa con citas individuales. “Hemos conseguido hacerlo funcionar”, explica. “Pero verse a través de una pantalla no es lo mismo que estar bajo el mismo techo con un equipo artístico”.

Una mañana se nos permite asistir a una de sus reuniones virtuales. Más de 10 caritas aparecen en la pantalla. Gato va dando la palabra a cada participante. Hablan en un lenguaje incomprensible de “tools”, “nodos”, “props” y “rigs”. Una dice: “Necesito texturas para los faciales”. A otro le aparece el hijo por la espalda. Discuten sobre el sombrero de Tadeo y finalmente alguien pregunta: “¿Se sabe cuándo vamos a volver a la oficina?”. Matji, el productor, contesta: “Como mínimo debería vencer el estado de alarma, ya habéis visto las recomendaciones de seguir confinados. Creo que a finales de junio podemos ir pensando en cómo vamos volviendo”. Matji cree que la mejor fecha para regresar será septiembre. Aunque, medio en broma, añade: “Igual tenemos que acabar la película en remoto”. Un compañero confiesa entonces: “Yo estoy sospechosamente bien en casa”. Gato, el director, zanja la videoconferencia: “Seguimos dándole caña”.